martes, 24 de febrero de 2015

LOS PELIGROS DE LA AVARICIA


Para San Pablo, la avaricia no solo bloquea el acceso al reino de Dios, sino que también figura entre los vicios que descalifican a una persona para ocupar cualquier puesto en la iglesia.

Cada cultura tiene su propia escala de valores y antivalores. En ciertos momentos de la historia de Israel, muchos judíos consideraban el respeto al sábado como algo de máxima importancia. Para ellos, la fornicación era ciertamente un pecado, pero mucho más grave era violar el sábado. Comer cerdo o sentarse con gentiles incircuncisos también era considerado un pecado serio.

En la cultura contemporánea, gran parte de las valoraciones sociales están fuertemente centradas en lo sexual, hasta un punto casi obsesivo. En el mundo secular, el placer sexual se considera la meta principal de la existencia humana. Una vida llena de satisfacción sexual parece ser el objetivo supremo, el “summum bonum” de todos los valores.

En muchos círculos cristianos, el tema de la sexualidad ocupa un lugar preeminente, reflejando una preocupación similar pero invertida: los pecados sexuales se presentan como los más graves, a veces incluso los únicos que realmente importan, seguidos por la borrachera. Un empresario puede explotar a sus empleados, pagando sueldos miserables, pero si asiste a la iglesia, ofrenda y no cae en pecado sexual (aunque ya esté en pecado), se le considera un buen cristiano, digno de tomar la Santa Cena y quizá ocupar cargos de liderazgo en la congregación.

Un presidente de un país “cristiano” puede mentir para justificar matanzas, pero si es miembro de una iglesia, sigue dando discursos religiosos y evita escándalos sexuales, continúa siendo considerado “hermano” en la fe. Nos olvidamos con demasiada facilidad que, según el Nuevo Testamento, no solo los pecadores sexuales y los borrachos no heredarán el reino de Dios. En 1 Corintios 6:9-10, se mencionan otros vicios, como la idolatría, la avaricia, los ladrones, los estafadores y los calumniadores. En Gálatas 5:19-21, se enumeran otros 15 pecados que cierran las puertas del reino, incluyendo la brujería, el odio, la discordia, el celo, la ira, las rivalidades, los sectarismos y la envidia, entre otros.

En Efesios 5:4-6, la avaricia aparece como uno de los pecados que excluyen del reino de Dios, junto con las necedades y los chistes groseros. En Romanos 1:24-31, la avaricia, junto con la envidia, el engaño, los chismes y “toda clase de maldad” también figura en la lista de pecados graves. Las exigencias para los miembros de la comunidad cristiana eran muy rigurosas, y nadie quedaba exento de la condena de al menos uno de estos pecados. Lo que más sorprende es la frecuencia con la que la avaricia es mencionada en las Escrituras, al mismo nivel que la borrachera y los pecados sexuales. Si estos pecados excluyen del reino de Dios, la avaricia, en los mismos términos, también lo hace.

De hecho, en las doce listas de vicios que aparecen en los escritos paulinos, la avaricia aparece más veces que la borrachera. Y en dos de estas listas, Pablo añade una advertencia grave: “la avaricia, que es idolatría” (Efesios 5:5; Colosenses 3:5), considerándola como el pecado más condenable de todos.

¿Es la avaricia un pecado?

La Real Academia Española define la avaricia como “afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas”. El Diccionario Cuyás la describe como “un apego desordenado a las riquezas”. En griego, existen varias palabras para describir la avaricia, pero dos son especialmente reveladoras. “Pleonexia” proviene de “pleon” (más) y “ejw” (tener), lo que sugiere un deseo insaciable de obtener más y más posesiones. La otra palabra, “filarguros”, significa “amor al dinero” y es utilizada en pasajes como Lucas 16:14 y 1 Timoteo 6:10.

La avaricia, esta pasión casi erótica por el dinero y las posesiones materiales, es la raíz de “toda clase de maldad” (1 Timoteo 6:10). La avaricia lleva fácilmente a la idolatría (Isaías 2:7-8; Mateo 6:24). Quien se entrega a ella consagra su vida al dinero, poniéndolo por encima de Dios, de su familia y del prójimo. Como escribió Orígenes: “Dios sabe muy bien qué es lo que uno ama con todo su corazón y alma; eso para él es su Dios”.

El desafío de la avaricia

La avaricia puede ser difícil de identificar en uno mismo. Raramente alguien dirá: “Soy avaro”. Hace poco un amigo me contaba sobre un pastor que exhibía claros síntomas de “prosperidaditis aguditis”, pero aseguraba que no era avaro, solo que le gustaban las cosas lujosas. Es fácil justificar la acumulación y el lujo, pero solo la voz del Espíritu Santo puede convencer al corazón de un rico de su avaricia. Por eso San Pablo dice: “No habría conocido la codicia si la ley no dijera: no codiciarás” (Romanos 7:7).

Para San Pablo, la avaricia no solo impide la entrada al reino de Dios, sino que también descalifica a una persona para ocupar cargos en la iglesia (1 Timoteo 3:3,8; Tito 1:7). En el caso de pecados visibles como la borrachera o el adulterio, la situación sería evidente y fácil de identificar, pero sospecho que aplicar esta restricción a la avaricia habría sido mucho más difícil. ¿Cómo determinar quién es avaro? ¿En qué momento la prosperidad legítima se convierte en avaricia? La avaricia es una actitud del corazón, que depende de criterios subjetivos y poco precisos. Es difícil imaginar que un rico, al ser considerado para un cargo de liderazgo, diga: “No puedo ocupar este puesto, soy avaro, lo reconozco”. En cambio, alguien más, posiblemente un líder de la congregación, tendría que señalar y confrontar este pecado en la comunidad.

Así que cada uno de nosotros debe preguntarse: ¿Qué tipo de mayordomo soy de los bienes que Dios me ha confiado? Examinémonos a nosotros mismos y pidamos a Dios que sondee nuestro corazón: “Ponme a prueba y sondea mis pensamientos. Fíjate si voy por mal camino y guíame por el camino eterno” (Salmo 139:23-24).

No hay comentarios:

Publicar un comentario